TERAPIA Nº 1




Con la tibia sensación de la luz ambarina, daba la idea de un lugar de otra índole, un espacio distanciado y cálido, un útero reservado a la meditación, al crecimiento, un sitio ideal de protección pero no de cura. Era como si de pronto se alcanzara un vacío reconfortante, una levitación que  apartara del ruido,  de la suciedad del entorno. Hasta el olor era allí particular. Olor a velas, incienso, como  entrar a través de la línea temporal a un gabinete de cartomántica parisina, donde de pronto se desenvolvería una maravillosa sesión de magia blanca o una posesión sutil. Se daba por hecho el glamoroso encuentro verbal con una pitonisa.

La espera era apacible y a pesar de transcurrir en la habitación continua, nada se entreveía de lo que pudiera estar ocurriendo justo al lado, con un mínimo tabique e separación. Se presuponía que al pasar a la siguiente habitación, un violento acto de desnudes, violentaría cualquier ligera sensación de protección, y sin embargo, al traspasar el umbral, todo emanaba confianza; la que sólo habita en lo sagrado. Una confianza eso sí, motivada por una deseo desesperado de recomponer el mundo y de salvar los últimos jirones que se arrastran a tu pesar, trozos, hilachas de emociones que quedaron enganchadas en el transcurrir escabroso de la vida y que sin ser notadas, han ido entorpeciendo el caminar sosegado, el despertar descansado. Colgajos que defraudan cada mañana y entorpecen los parpados abiertos. Legañas del insomnio cotidiano. Así se llegaba al espacio donde todo parecía discurrir de otra manera y en un tempo pianísimo, como si todo no fuera más que el sueño y aquella liturgia se transformara en la realidad.
Después de desandar todas las sillas desiguales por estética del pequeño escondite, una vez impulsado el anterior inquilino a asumir la responsabilidad de lo vulgar del destino, aparecía en la puerta la figura central del espectáculo, una actuación reservada a un solo espectador, donde pronto se giraría la ruleta y tocaría  al visitante interpretar un íntimo papel y quien se presuponía prestidigitadora o actriz, se ocuparía de observar y acotar la interpretación, corrigiendo el rol, como si fuera un ensayo general, llevado a cabo en infinitas partes.

Ante la las palabras puedes pasar, se abría el abismo de dar un paso, la primera vez. Sin embargo, la mujer en cuestión,  devolvía esa confianza inicial de la atmósfera,  incitaba a pasar a mejor estado, siempre sintiendo una distancia, que no por cálida, dejaba de ser paralizante.

La habitación ambarina también, poseía la diferencia de puntos de luz insinuados, que aportaban un confort mental inusitado, se tenía la sensación de que se podía esconder el rostro. Prestos al desnudo, era más afianzante sentir que la mirada carecía de interés, y que el pavor de la boca seca, no sería nunca percibido por la oficiante.

La silla recta y sola de un lado y una mesa ancha y maciza  colocaba pronto a cada quien en su sitio. En la inmensidad del otro lado, la mujer se sentaba suavemente y provista de un bolígrafo y varios folios en blanco, comenzaba a escribir ininterrumpidamente en inicio, escuchando las primeras palabras cobardes, que se iban envalentonando ante la carencia de una cota, de una parada, de un cambio de sentido. A medida que iba saliendo fuera la verborrea apabullante de ontológicos años de silencio, palabras que daban la sensación de estar desprovistas de humanidad, ocurría la mágica sensación de estar haciendo una meiosis,  y que esa figura inconsistente, etérea e imprecisa que brotaba, se paraba a un lado, en posición militar y  exhortaba compulsivamente a describirla, sin mirarla, para alcanzar una vida independiente. Sensación que la mujer compartía pues a medida que progresaba  el habla, miraba a la otra figura que surgía cada vez más atentamente. De vez en cuando, y esto sobre todo los primeros encuentros, la mujer apoyaba el bolígrafo, se recostaba hacia detrás y bien recogiéndose el pelo o remangándose las mangas de la blusa, concluía el movimiento ladeándose y cruzando las manos en el pecho. Ahí era el momento de parada donde inevitablemente venía una pregunta aclaratoria. Los primeros encuentros carecían de paradas bruscas, de desconcierto. Era todo de una suavidad inusitada, tendiente a la complacencia o propiciadora de una confesión en serie. La mujer se limitaba a mirar de vez en cuando, a asentir o a sonreír, que era la mejor evidencia de un encuentro valioso dentro de toda la palabrería inútil. Era como ir buscando las perlas ocultas dentro de un pozo de lodo. Cada una de ellas las engarzaba, conformando su particular discurso de las frases que iba soportando.  

Sin embargo, a medida que iban transcurriendo encuentros, la parquedad se apoderaba de la figura maciza e iba tomando cuerpo la expectante discontinua, que se apoderaba con fuerza de la mirada de la mujer analista. Esta también iba transformando su suavidad en rotundo hincapié en zonas que llamaban su atención y cada vez más iba prestando más atención a la supuesta impostora que a la que en principio había requerido sus servicios y en la décima sesión se trasmutó el escenario en una actuación a tres donde la confesante miraba como su metáfora conversaba de forma continua y como la mujer focalizaba la mirada hacia el lado izquierdo, sin apenas pestañear y por supuesto haciendo caso omiso a su presencia.
DOS Y UNO....
Una opresión comenzó a subir por el pecho, casi como si de pronto un ascensor cargado de enormes bloques de piedra iniciara un trayecto vertical, naciendo en el abdomen y materializándose en el lado donde supuestamente mantenía el músculo cardiaco. A la vez una terrible punta se clavaba en sus brazos y sintió que iba inmovilizándose y que perdía el sonido de su voz. Se agitaba convulsa, pero las otras dos mujeres continuaban  participando de un dialogo tendiente a monologo sin ni siquiera percatarse no ya de su agonía, sino de su estancia en la habitación. La sangre se iba convirtiendo en hielo, y su pensamiento intentaba recordar, aferrarse a una sola idea, una pregunta que no paraba de hacerse hacía casi media hora, desde que se percató que había dejado de ser presente para la analista. Que era lo que la había llevado 10 semanas atrás a encontrarse con la mujer del análisis. De pronto y a medida que iba sintiendo como escapa de ella el anhelo de estar despierta, como un fogonazo de cámara antigua recordó su por qué. Deseos de suicidarse, autenticas ganas de acabar con toda esperanza, y a su paso por la muerte, arrastrar consigo un recuerdo de vida útil, una acción de valor más allá de la última cobardía que era su propia partida. Había entonces decidido a comportarse violentamente, matar a alguien que pudiera significar algo, ser percibida por primera vez y recordada para siempre, al menos por un grupo de personas, que pasara del número finito de una familia. Debía matar un líder, matar a un guía, dejar sin esperanzas a muchos, como se iba ella. Aquí, como si todo fundiera a negro de forma lenta, en transición, alcanzó a ver como la figura corporizada con sus palabras se levantaba lentamente y sin vacilar disparaba a bocajarro a la cabeza de la analista, y en sutil cierre, mientras ella sentía el último calor evaporarse por su boca, quedo fijada en  su retina abierta la imagen  pregnante  de su propia muerte.